Cine dominicano hoy: luces, sombras y oportunidades

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Hablar del cine dominicano hoy no implica negar sus avances. Tampoco significa desconocer el crecimiento técnico, la profesionalización de los equipos, el dominio del lenguaje audiovisual o el acceso a tecnologías que hace apenas una década parecían inalcanzables. Todo eso es real y forma parte de las luces de una industria que ha logrado consolidarse en términos de producción.

Sin embargo, reconocer esos logros no debería impedirnos mirar con honestidad las sombras que aún persisten, ni mucho menos las oportunidades que se abren si estamos dispuestos a asumirlas.

El cine dominicano se encuentra en un momento clave. No es una industria incipiente, pero tampoco una plenamente madura. Cuenta con herramientas, marcos legales y recursos que otros países no tuvieron en sus etapas iniciales. Por eso, seguir justificando ciertas limitaciones bajo la idea de “juventud” comienza a perder peso.

La verdadera pregunta no es si el cine dominicano ha avanzado, sino si está dispuesto a dar el salto que lo lleve a otro nivel. Ese salto no depende únicamente de presupuesto o tecnología, sino de visión.

Mentalidad: una sombra persistente

Una de las principales barreras es una mentalidad que asume la desventaja como condición permanente. Esa percepción limita la ambición creativa y mantiene la conversación anclada en comparaciones con otras industrias, en lugar de enfocarse en el presente y en las posibilidades reales que existen hoy.

Mientras se siga creando desde el complejo y no desde la ambición, el crecimiento será técnico, pero no necesariamente trascendente.

La crítica: entre el rechazo y la confusión

Otra de las sombras más visibles es la dificultad para aceptar la crítica. Aunque se repite que “la crítica ayuda a mejorar”, en la práctica suele interpretarse como un ataque personal. El desacuerdo se convierte rápidamente en confrontación, y el análisis en descalificación.

En cualquier industria cultural saludable, la crítica cumple una función esencial: genera conversación, forma criterio y eleva el estándar. Un ecosistema donde todo se celebra sin cuestionamientos termina empobreciéndose.

Aquí surge una confusión frecuente: se tiende a medir el valor de la crítica únicamente en términos de alcance. Bajo esa lógica, se asume que un influencer, aunque su contenido no esté relacionado con el cine, puede ser más relevante que un crítico especializado, simplemente porque tiene más seguidores.

El problema no es la existencia de influencers ni su rol en la promoción, sino la sustitución del análisis por la visibilidad. Cuando la opinión informada se percibe como prescindible y se prioriza únicamente el impacto inmediato, la conversación sobre el cine se vacía de profundidad.

Industria, negocio y límites éticos

El cine es, sin duda, un negocio. Pero el modelo dominicano, sostenido en gran parte por fondos públicos a través de la Ley de Fomento Cinematográfico, plantea un escenario distinto al de otros mercados.

La posibilidad de producir sin depender exclusivamente de la taquilla ha sido una ventaja significativa para el desarrollo de la industria. En este esquema, un productor puede recibir alrededor de un 6 % del costo total del proyecto como remuneración, independientemente del desempeño comercial de la película.

Si se habla, por ejemplo, de una producción de ficción con un presupuesto de 80 millones, las matemáticas son claras: la ganancia no es menor. Aun así, en muchos casos, ese margen no se percibe como suficiente y se busca además el éxito inmediato en taquilla.

Esta lógica termina condicionando las decisiones creativas. La repetición de fórmulas, la apuesta por rostros conocidos y la reducción del riesgo narrativo se convierten en una constante. En lugar de aprovechar la estabilidad que ofrece el modelo para explorar nuevas propuestas, la industria tiende a jugar a lo seguro.

Más preocupante aún es la existencia de proyectos concebidos sin una intención real de circulación o exhibición: películas realizadas para cumplir requisitos, engavetarse y acceder al porcentaje correspondiente. Estas prácticas no solo agotan los fondos disponibles, sino que cierran oportunidades a nuevas voces y desvirtúan el propósito original de la ley.

Identidad: la gran asignatura pendiente

Tal vez la sombra más profunda sea la falta de una identidad cinematográfica claramente reconocible. A pesar del volumen de producción, aún resulta difícil señalar una película que represente de manera contundente la dominicanidad, no desde la caricatura ni desde una mirada externa, sino desde una voz propia.

El ejemplo es revelador.

Un crítico dominicano residente en Europa contaba que su hermana le dijo un día:
“Mis amigos y yo estamos viendo películas de todos los países. Me toca poner una dominicana. ¿Cuál recomiendas?”

La pregunta no tuvo una respuesta inmediata.

Según un artículo de Cultura Colectiva, una de las películas que podía representarnos era Veneno. Y aunque se trata de una buena película, su mirada no logra capturar de forma profunda la dominicanidad dominicana. Tiene un feeling externo: quien la ve no necesariamente entiende nuestras costumbres, nuestras raíces taínas, nuestra mezcla racial ni nuestro contexto histórico. Incluso, el significado real de Jack Veneno para el pueblo queda, en gran parte, fuera de la pantalla.

Tampoco Pepe, a pesar del prestigio internacional de su director y de reconocimientos como el Oso de Plata en Berlín, logra ocupar ese lugar representativo. El mérito artístico existe, pero la pregunta de fondo permanece.

Entonces, ¿cuál es la película dominicana que nos representa?

Aún no la tenemos.

Mirar hacia adelante

El cine dominicano no carece de talento ni de herramientas. Lo que enfrenta hoy es un desafío más complejo: decidir qué quiere ser y hasta dónde está dispuesto a llegar.

Las luces están ahí. Las sombras también. Pero, sobre todo, existen oportunidades reales para fortalecer la industria: asumir la crítica con madurez, diferenciar promoción de análisis, arriesgar creativamente y construir una identidad propia.

Cuando ese proceso se asuma con honestidad y ambición, el avance dejará de ser una discusión recurrente y se convertirá en algo evidente.