El Halftime Show del Super Bowl lleva tiempo dejando claro que va más allá de ser solo un intermedio musical en el programa televisivo más visto de “Gringolandia”. Cuando está bien pensado, cuando cada elemento responde a una intención clara, se convierte en una pieza de comunicación con impacto social a la comunidad del original estadounidense. En otras palabras, en cine vivo.
Lo que vimos este año con Bad Bunny fue una narrativa visual construida con símbolos, memoria e identidad. La escenografía, los gestos colectivos, los espacios cotidianos recreados en el escenario y la forma en que la cámara acompañaba cada momento respondían a la lógica de contar algo.
En una presentación con sentido, nada está ahí por azar. El escenario deja de ser decorado y se convierte en set. Los cuerpos en escena funcionan como personajes. La música guía el relato. La cámara no registra, narra. Ese es el mismo lenguaje que utiliza el cine cuando quiere provocar una lectura emocional y social en quien mira.
Este enfoque no nació este año. El Halftime Show anterior, protagonizado por Kendrick Lamar, también apostó por una narrativa con peso simbólico. Desde un tono distinto, más sobrio y reflexivo, planteó una puesta en escena donde el mensaje importaba tanto como la música. Dos estilos diferentes, una misma convicción. Porque el escenario más visto del mundo no tiene por qué usarse solo para entretener.
Y es aquí donde surge una reflexión incómoda, pero necesaria. Dentro de las decenas de publicaciones que se generaron luego del “Benito Bowl”, como le llamaron popularmente, leí un ejemplo que me obligo a pensar más allá del entusiasmo inicial. ¿Qué pasaría si, en medio de un juego tradicional en el Estadio Quisqueya, durante un Licey contra Águilas, se presentara una manifestación cultural extranjera completamente ajena a lo que el público espera como propio? Probablemente habría rechazo, incomodidad, debate. No por la calidad artística, sino por lo que ese gesto representaría simbólicamente.
Ese ejercicio mental no busca invalidar el Halftime Show. Todo lo contrario. Ayuda a entender qué fue lo que realmente ocurrió. Sin ánimo de provocación gratuita ni de una falta de respeto cultural, fue una disputa por el centro del relato. El Super Tazón es uno de los rituales culturales más representativos de la identidad estadounidense. Y lo que hizo Bad Bunny fue ocupar ese espacio para decir, sin palabras, que la identidad también se redefine, que lo “americano” no es estático ni de un “grupito”, que hay otras historias que también existen y merecen visibilidad.
El ruido, la incomodidad y las reacciones polarizadas fueron parte de su efecto comunicacional. Las presentaciones que buscan trascender aspiran a decir algo, y decir algo implica asumir el riesgo de incomodar.
Ahí es donde el Halftime Show se acerca al cine. Las buenas películas ademas de entretener, interpelan, plantean preguntas, obligan a mirarnos como sociedad. Del mismo modo, una presentación en vivo con propósito genera conversación, reflexión y, en ocasiones, resistencia.
Quizás esa sea la evolución más interesante de estos espectáculos. Han dejado de ser un simple descanso entre jugadas para convertirse en un espacio de poder simbólico. Un lugar donde la música, la imagen y la narrativa se combinan para dejar algo más que un recuerdo visual. Cuando eso ocurre, el show termina, pero el mensaje permanece.
Como en el buen cine, lo que trasciende es lo que seguimos sintiendo, cuando el estadio ya está en silencio.








