El trabajo de los libreros es mucho más que vender títulos en Feria del Libro

Para el librero, su aula es la librería y su lección consiste en ayudar a cada lector a encontrar el libro que puede cambiarle la vida. En ocasiones, en un libro aparece una idea, un concepto, un dato o incluso un poema que transforma la existencia de quien lee

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SANTO DOMINGO. Participar como librero en la Feria del Libro es un proceso largo y exigente que demanda preparar una estudiada y atractiva oferta de libros, en función de sus precios, la calidad de sus contenidos y las necesidades de educación, orientación y otras expectativas del público.

El trabajo del librero, aun cuando se basa en la oferta y la demanda de una mercancía, involucra el instrumento fundamental de transmisión de la cultura: el libro.

Hay que trabajar sin horarios, clasificar libros, establecer nuevos precios —generalmente a la baja, para convertirlos en ofertas— y atender los requerimientos del programa Bono Libros, que tiene un reglamento estricto en cuanto al tipo de libros que serán admitidos, de acuerdo con el público escolar al cual se destinan.

También es necesario tener un criterio cultural que vincule el sentido del mercadeo con la función educativa del libro, y fijar precios atractivos que estén por debajo de las tarifas editoriales del mercado.

Hay quienes consideran, no sin razón, que el librero es, en alguna medida, el maestro que no se sienta frente a un aula: su aula es la librería y su lección consiste en ayudar a cada lector a encontrar el libro que puede cambiarle la vida. En ocasiones, en un libro aparece una idea, un concepto, un dato o incluso un poema que transforma la existencia de quien lee.

“El librero no es simplemente quien vende libros: es quien pone en contacto al lector con el conocimiento, la imaginación y las ideas que pueden transformar su manera de comprender el mundo”.

Esta concepción del librero como orientador del lector se vincula con la función cultural y educativa que la UNESCO, organización internacional del sistema de las Naciones Unidas, reconoce a las librerías y a otros espacios de circulación del libro.

La UNESCO presenta esta definición contemporánea del librero como orientador del lector en su informe UNESCO Framework for Cultural Statistics, en el cual sostiene que las librerías son espacios intermediarios que “influyen en los lectores finales” y que los libreros ayudan a orientar a los lectores hacia los libros que buscan.

“Cada librero que recomienda un libro está haciendo, a pequeña escala, una obra de educación: selecciona, orienta y abre una puerta hacia la cultura, porque enseñar también consiste en poner a una persona en contacto con el conocimiento que necesita descubrir”.

La Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias, organización internacional no gubernamental, independiente y sin fines de lucro, fundada en 1927 en Edimburgo, Escocia, conocida por sus siglas IFLA, define a los libreros como profesionales de la información, intermediarios capacitados y confiables que ayudan a las personas a orientarse en el universo del conocimiento, y los reconoce además como guardianes y mediadores de la cultura.

Esta organización no es representante de los libreros comerciales en particular, pero influye y engloba el rol de estos, en la medida en que su labor constituye una extensión de la cultura. No representa, sin embargo, los intereses empresariales —grandes o pequeños— de los libreros del mundo. Su función se orienta a los aspectos vinculados con la circulación del libro, el acceso a la información y la promoción de la cultura.

UNESCO destaca que cultura y educación son inseparables y que los actores culturales participan también en la educación formal, no formal e informal. (1)

En la foto, tomada a las 4:35 de la madrugada de uno de estos días, aparece la librera Jacqueline Díaz, en la sala de su casa, adornada con montones de libros, clasificándolos y estudiando cada título, a fin de llevarlos al gran evento del libro: la XXV Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026, que inicia el 23 de abril en la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte.

Es un trabajo que, como pocos, vincula la actividad laboral con la necesidad cultural y educativa. Es un noble trabajo.